El retorno de los que nunca se quisieron marchar

5 agosto, 2019

Querida amiga y amigo, perdón por el exceso de gris en las fotografías que hoy acompañan estas palabras. Sabéis que no escatimo en la viveza de color, ni en las letras ni en la imagen, pero hoy la ocasión lo merece. Sirva esta carta de homenaje a los que se marcharon del Marquesado pero no dejan de volver porque se niegan a olvidarlo.

En este agosto observo por nuestras calles a personas varias que no son habituales en el día a día. A muchas se las distinguen por sus andares distraídos cuyas miradas apuntan hacia cualquier detalle, quizás recomponiendo en su mente los escenarios de los recuerdos que formaron su infancia, otros pasean la bolsa de pan con el coscorrón mordisqueado al no poder esperar a llegar a su casa para volver a sentir el sabor que llevaban un año sin probar, y la mayoría lleva escrita en su rostro la impaciente alegría que avisa de que ya, por fin, están de vuelta.

Paisanos de nacimiento o enamorados de nuestra tierra a los que consideramos hijos adoptivos, los que un día se marcharon buscando la oportunidad, o los hijos y nietos de estos, que se niegan a cortar las raíces con el lugar donde les empezó todo. Nuestra gente. Cierto es que no figuran en el censo de ninguno de los pueblos del Marquesado, pero quién se atrevería a negar que pasean con orgullo nuestro nombre en Cataluña, Madrid, Francia, Suiza, o en los rincones menos insospechados como Hawaii, si amiga y amigo, hasta allí llegaron para instalarse hace no pocos años ciertos paisanos nuestros.

Una recordada cantidad de personas se marcharon cuando cerraron alguna de las minas que nos alimentaban, otros volcaron su rutina adrede para probar suerte y lograron formar un hogar lejos de aquí, sin olvidar a nuestros jóvenes que hoy día se desplazan hasta Reino Unido o Alemania. Todos ellos merecen ser reconocidos en su acto de matar distancias o atravesar fronteras porque, en ellos, la palabra tierra nunca se sembró la duda.

Nuestras ferias y fiestas de verano no serían las mismas sin estos reencuentros en mangas de camisa, donde las lágrimas enturbian de alegría y la banda sonora suena a orquesta estival. Donde las noches no son tan frías, quizás ayudadas por las alineadas bombillas de luz amarilla que adornan nuestras plazas, quizás el calor lo den tantos y tantas recorriendo nuestras calles con nocturnidad mientras desobedecen al reloj, comprobando que en su pueblo todo sigue su curso, que un año más celebramos el, ahora aún mas valioso, hecho de volver a vernos.

Y sirvan estas palabras de ayuda para que nuestros pueblos nunca pierdan la memoria, que sigan ganándose la credibilidad generación tras generación a golpe de orgullo, y que sigan sirviendo de telón de fondo para las fotografías que todavía quedan por tomar...

Por eso os vuelvo a asegurar, amiga y amigo, que he visto a familias a las que les han merecido incontables horas de carretera a cambio de un ratillo al fresco en el tranco de su puerta junto a sus paisanos.

Y para que la celebración continúe, a pesar de habernos despedidos este mes ya de fiestas como las de Ferreira, recordad que en esta semana continúan las fiestas en Aldeire o en La Calahorra que espero, de corazón, podáis disfrutar.

Agradecimientos por la foto de la silla a María Jóse Porcel y por la foto del Castillo a: Federico Hurtado Sánchez - Trabajo propio, CC BY 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=9088275